El extraño caso del león desaparecido

leon desaparecido

Tal vez sepas que un par de veces al año, los relojes se atrasan y adelantan una hora. Pero lo que no sabes, es que una de esas noches, concretamente la que se retrasa una hora, durante esos sesenta minutos suceden cosas extraordinarias: las estatuas y monumentos de tu ciudad cobran vida.

Nosotros los humanos no nos enteramos de nada. Sólo caemos en la cuenta de que dormiremos una hora más. Pero si alguien se hubiera asomado esa noche a la ventana, se habría extrañado de ver pasear por las calles a un gran león de bronce. ¿Quieres conocer su historia?

La enorme luna brillaba con fuerza en el cielo estrellado de la ciudad del viento, y Leo observó sólo una sombra proyectada en el empedrado suelo del Puente. La suya. Giró su cabeza  y ¡horror!: Su compañero Lionel había desaparecido. No estaba sobre su pedestal. ¿A dónde habría ido?

Bajó de un gran salto y partió en su búsqueda. Debía darse prisa porque el tiempo vuela y cuando se cumpliera una hora exacta, cada estatua debía encontrarse en su lugar o de lo contrario, se convertiría en polvo.

Leo se plantó delante de Don Francisco, que desde lo alto, saludaba con la mano a unas señoritas muy majas sentadas junto a la gran fuente.

“Maestro, ¿podéis decirme si ha cruzado por aquí un león?” preguntó Leo. Pero el pintor se encogió de hombros y gritó: “Gritad más alto que no os oigo desde aquí arriba”. “Está sordo como una tapia” dijo una de las majas. “Pero no hemos visto ningún león por aquí. Afortunadamente.” dijo la otra maja.

Las poderosas patas de Leo lo llevaron rápidamente hasta una espaciosa plaza en la que escuchó una voz: “¿Puedo preguntarte a dónde vas con tanta prisa, león?” Leo miró a derecha e izquierda,  pero no vio a nadie. “Estoy aquí arriba” se oyó de nuevo. Levantó la vista y vio a Juan, mucho más alto que Don Francisco, sentado cómodamente en su silla de piedra. “Busco a Lionel, mi compañero. ¿No lo habrás visto por casualidad?” respondió Leo. “No, pero puedes preguntar a los cuatro de allí enfrente” dijo señalando con su mano derecha hacia delante.

Leo se plantó delante del imponente edificio. Andrés, Miguel, Ignacio y Fausto habían bajado de sus sillones de piedra y estaban sentados en las escaleras jugando una partida de cartas.

“No hemos visto a ningún león, si no te contamos a ti, claro” respondió Andrés. “Prueba en la Plaza de los Sitios. Hace un rato que oímos bastante alboroto” dijo Miguel. “¡Las cuarenta!” cantó Ignacio. “Este año ganamos nosotros”, se alegró Fausto, pareja de guiñote de Ignacio.

Leo siguió las indicaciones de los cuatro sabios y llegó hasta la bonita plaza rodeada de árboles, en la que se estaba celebrando una gran fiesta acuática. Todo el mundo, excepto el General Palafox, se bañaba en la fuente circular. Agustina estaba pasándoselo bomba salpicando agua a sus compañeros, ante la atenta mirada de Palafox, subido a su caballo. Los defensores de la ciudad, cansados de cargar y arrastrar sus cañones, aprovechaban cada año esta noche mágica para darse un chapuzón.

“No, no hemos visto a león alguno” dijo la valiente Agustina.

“Puedes preguntar al César” dijo el general.

Leo emprendió de nuevo la marcha. Por el camino se cruzó con un corderito de bronce que en cuanto lo vio aparecer, le temblaron de miedo las patas y huyó exclamando “Beeeeee”. Se refugió detrás de las piernas de su pastor, que portaba una majestuosa águila en su mano izquierda. “No temas, que no voy a comerte” se disculpó Leo. “Eso espero” dijo el pastor. “¿A dónde te diriges con tanta prisa, que asustas a toda criatura?” “Estoy buscando a mi compañero —preguntó— ¿No habrá pasado por aquí?” “Nooooo” respondió el corderito. “Tal veeeeez el águila pueeeeeda echar un vistazo por la zona”. “Muy buena idea” dijo el pastor. A los pocos minutos el águila volvió pero movió la cabeza en un claro gesto de que no había tenido suerte.

Tras agradecer amablemente la colaboración del pastor, Leo siguió su camino hasta encontrarse con César Augusto, que gateaba a cuatro patas alrededor de la pequeña fuente. Levantó la vista y se sobresaltó al ver tan de cerca el hocico de Leo. “Por Júpiter, qué hermoso ejemplar de león. Digno del mismísimo Coliseo de Roma”. “Debo entender, César, que no habréis visto a otro congénere mío” dijo Leo. “Pero decidme, ¿qué buscabais con tanto ahínco?” “Mi rana —respondió César—. Seguro que se ha escapado hasta el río”. “Mira, por allí viene saltando” dijo Leo.

Cuando llegó la rana se colocó en su posición habitual, detrás del César, y se dispuso a esperar que llegase la hora de convertirse de nuevo en un surtidor de agua. Pero antes de eso, Leo pudo preguntarle por Lionel y la rana le confesó haber escuchado entre salto y salto por la ribera, que los patos habían visto merodear a un enorme león.

Leo volvió raudo y veloz por la orilla del río hasta llegar a su puente, lo cruzó y preguntó a los dos leones que guardan el otro extremo.

“Nos preguntábamos cuánto tardarías en venir a vernos” dijo Leoncio. “Vimos a Lionel dirigirse hacia el muelle” continuó Leandro.

Se acercaba la hora y Leo debía darse prisa. Qué mala suerte no haber emprendido la búsqueda al otro lado del río. Pero ya no había remedio. Llegó hasta el barquito amarrado en el muelle y llamó a su amigo. Durante unos segundos no recibió respuesta. “No me hagas entrar en el barco, porque sé que estás ahí” dijo medio enfadado.

El barquito se balanceó suavemente y de la cabina surgió Lionel.

“¿Cómo me has encontrado?” preguntó. “Es una larga historia, pero ahora lo importante es que debes volver conmigo hasta nuestro pedestal. En pocos minutos se cumplirá la hora mágica.” “Pero yo quiero viajar, Leo. Quiero llegar hasta África y conocer la tierra de nuestros antepasados”. ¡Así que ese era el motivo de la huída de su compañero!

“Además, tengo los ojos irritados de soportar el viento de esta ciudad, ese que todos llaman cierzo. Necesito un cambio de aires. Ven conmigo, Leo”. “Yo te comprendo, Lionel, pero ya conoces lo que nos sucederá si no volvemos al lugar que nos corresponde” replicó Leo.

“O tal vez no” se escuchó una delicada voz que procedía de las estrellas. “¿Quién…” —se preguntaron al unísono.

La diosa luna era quien había hablado. “Os llevo observando desde hace tiempo y creo que merecéis vivir una aventura más allá de vigilar uno de los puentes de la ciudad. Y como el tiempo vuela y se va a cumplir en pocos segundos el minuto sesenta de la hora mágica, os libero de la obligación de volver a vuestro puente. Podéis marchar sin miedo. No os convertiréis en polvo”.

Y así fue cómo no uno sino dos leones desaparecieron de la ciudad del viento. Nuestros amigos descendieron por el río Ebro hasta el Mar Mediterráneo y continuaron hasta llegar a la costa africana. Pero eso es otra historia.

FIN

N. del A. : El formato de este cuento sería album ilustrado con apéndice de los monumentos aparecidos. La idea es crear una colección con las principales capitales españolas (la primera es Zaragoza, donde resido) y del mundo, con liustradores de dichas ciudades.

Cecilia y el poder del amor

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1. ÁNGEL

Cecilia odiaba los viernes.
A cualquiera que se lo hubiera confesado le habría respondido que eran muchísimo peor los lunes, sin ninguna duda.
Pero Cecilia tenía muy claro que el peor día de la semana para ella era el que dejaba de ver cuarenta y ocho horas al chico más guapo de la clase, del colegio, de la ciudad, del país y del mundo. Al culpable de que sus notas cada vez fuesen peores.
Ella, que había comenzado el curso con sobresalientes, ahora debía conformarse con suficientes. El tutor de la clase ya citó a sus padres hace dos meses por el repentino cambio en las notas de Cecilia.
Nadie se percató de que fue exactamente hace dos meses cuando llegó Ángel a la clase, procedente de otro colegio.
Sus padres no le dieron demasiada importancia porque siempre habían pensado que presionaban demasiado a su hija pequeña con actividades extraescolares y creyeron que era el momento de que descansara del tenis, natación, gimnasia rítmica, guitarra y ajedrez con los que completaba sus clases diarias.
Pero no fue la solución.
De hecho, al no tener mente y cuerpo ocupados en subidas a la red, saltos de trampolín, piruetas, solfeo y peones, todos sus pensamientos se dirigían a su verdadero y no correspondido amor.
Y es que no sabía muy bien por qué, pero Ángel no le hacía el menor caso. Tal vez fuera porque era un par de años mayor que ella y no quería saber nada de chicas más jóvenes que él. Es lo que tiene repetir curso varias veces: te aburres en clase con los profesores y con los compañeros. O tal vez fuera porque no le gustaban las chicas delgadas. Cecilia era alta y espigada como su madre, justo lo contrario a su hermana mayor, bien entradita en carnes, como su padre. Así que desde hace dos meses, decidió atiborrarse a comer pasteles, bollos y todo lo que encontraba en la cocina, con la esperanza de ganar algún kilo y dejar de ser invisible para Ángel.
Invisible: Así es como se sentía en muchas ocasiones.
Y no sólo en el colegio. En casa era más de lo mismo. Ni su hermana, ni su padre, ni su madre, ni el gato, ni el canario, le prestaban atención.
Había oído hablar de que los segundos hijos disfrutan menos atenciones de los padres, pues las deben agotar con los primeros que nacen. No había más que ver el álbum familiar, rebosante de fotos felices de ellos tres y sólo unas pocas de los cuatro. ¡Pero si incluso había más fotos con las malditas mascotas! Todos, humanos y animales, habían conspirado para marginar a la pobre Cecilia en el último rincón del mapa sentimental de la familia.
Pero ya no le importaba.
Hacía tiempo que aprendió a sobrevivir con los cariños mínimos que le podían dispensar sus padres, que se reducían al baño que le preparaba su madre y a las esporádicas lecturas nocturnas con su padre.
Si hubo algún tiempo feliz en esa casa, ya no lo recordaba.
La madre de Cecilia era abogada. Coincidían en el desayuno pero ya no volvían a verse hasta la cena El padre era contable y trabajaba en casa, en un despacho repleto de enormes libros, en el que se pasaba prácticamente todo el día. Incluso fines de semana y noches enteras encerrado frente al ordenador.
A Cecilia le parecía el trabajo de su padre el más aburrido del mundo, por eso le gustaba fantasear a menudo que en realidad era contable de la mafia y sus vidas corrían peligro, por lo que tendrían que cambiar de identidad y someterse a un plan de protección de testigos antes de declarar contra ellos. Pero entonces volvía a ver a su padre rascarse el culo mientras devoraba un bocadillo de chorizo frente a la pantalla y la fantasía se diluía. Un día le preguntó:
– Papá, ¿cuál ha sido la travesura más grande que hiciste de pequeño? Porque fuiste pequeño alguna vez, ¿no?
– Claro que he sido pequeño, Cecilia. ¡Qué cosas dices! –y siguió tecleando números y más números.
– ¿Y? –insistió Cecilia.
– Ehh… No me acuerdo, la verdad.
– ¡Oh, vamos, papá! Haz un esfuerzo en recordar. Deja un rato el ordenador y cuéntame algo divertido que hayas hecho.
– Cariño –se giró en su silla y por fin miró a Cecilia a los ojos– debo entregar estos balances mañana sin falta. No puedo jugar ahora.
– No estamos jugando, sólo era un pregunta.
Salió del despacho y en el salón preguntó a su madre, que estaba leyendo el periódico:
– Mamá, ¿por qué nunca hacemos nada divertido todos juntos?
– ¿Divertido? –dijo sin dejar de leer-. Como ir al parque de atracciones, ¿no? Ya iremos un día.
Ni que decir tiene que no fueron a ningún parque, ni de atracciones ni normal.
Para Cecilia, la única diferencia del fin de semana del resto de la semana es que no había colegio. O lo que es lo mismo, que no podía ver al chico más guapo de la clase, del colegio, de la ciudad, del país y del mundo.
Pero todavía quedaban unas horas por la tarde del viernes, así que tras comer algo rápido con el gato como única compañía en la cocina, se dirigió a su habitación, saludando antes a su padre mientras cruzaba por la puerta de su despacho.
– He terminado. Estaré en mi cuarto.
– Vale –respondió de manera automática su padre.
Cecilia podría haber dicho “he terminado de comerme el canario y ahora voy a por el gato”, que posiblemente su padre habría respondido lo mismo.
Cecilia cerró su puerta, cogió un cuaderno y un bolígrafo de su mochila y se tumbó en la cama.
Ángel, Ángel, Ángel… No podía dejar de pensar en él.
Así que intentó pasar el rato hasta la vuelta a clase escribiendo su precioso nombre en el cuaderno.
Primero escribió “Te quiero” y luego comenzó a escribir “Ángel” una y otra y otra vez. Cuando llevaba una página completada, observó el efecto que producían las líneas escritas con el nombre de su amado, perfectamente alineados uno debajo de otro. Y continuó con la siguiente página.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
Estaba como poseída por una fuerza superior que la impulsaba a seguir escribiendo sin apenas cansarse. La fuerza del amor, pensó. El caso es que no sentía ninguna molestia en la muñeca, como le sucedía cuando llevaba un par de hojas en un control de Conocimiento del Medio.
Siguió escribiendo y escribiendo “Ángel”.
Las páginas pasaban y poco a poco iba llegando al final del cuaderno.
Última página.
Última línea.
Última palabra.
Y de repente, le invadió el cansancio acumulado de cien páginas y miles de “Ángel”. Cayó repentinamente en un sueño tan profundo, que ni sentía la molestia del alambre en espiral del cuaderno clavado en su mejilla.
Y durmió feliz como nunca antes lo había hecho.

2. MI ÁNGEL

Una dulce voz la despertó.
No podía ser de su padre, desde luego.
Y su hermana y su madre no comían en casa.
– Cecilia, despierta.
Abrió despacio los ojos pero volvió a cerrarlos. Una fuerte luz inundaba la habitación. Los entreabrió para aclimatarse a la luz, pero no lo lograba. No era como cuando te levantas una mañana a mediodía y te ciega la luz, pero se te pasa a los pocos segundos. Además, no era mediodía, no podrían ser más de las tres de la tarde.
Abrió completamente los ojos y descubrió que la luz no provenía del exterior, sino que era su propia habitación donde se generaba. Todos los muebles, el suelo y el techo desprendían una intensa y blanca energía resplandeciente.
Y cuando por fin pudo mantener abiertos sus ojos, dio un pequeño respingo al descubrirle.
– ¿Quién eres? ¿Qué haces en mi cuarto? ¿Cómo has entrado? ¿Por qué brillas tanto?
Comenzó a distinguir mejor al ser que tenía enfrente.
Tenía la piel y el cabello muy blancos y todo su cuerpo brillaba, como la Antorcha Humana de los Cuatro Fantásticos, pensó.
– Tú me has invocado y aquí estoy.
– Yo no te he… lo que sea. –dijo Cecilia, incapaz de repetir el extraño verbo.
El visitante se acercó hacia la cama donde todavía estaba el cuaderno abierto. Fueron sólo dos pasos, pero se movía tan suavemente que Cecilia creyó que flotaba en lugar de caminar.
– Me has llamado. ¿Lo entiendes mejor así?
– Si no sé quién eres, ¿cómo te voy a llamar? Además, tendría que haberte llamado por teléfono o en voz alta, y que yo sepa no he mencionado palabra.
– De tu garganta no ha surgido sonido alguno pero tu mente gritaba cada vez que escribías mi nombre en las hojas de este cuaderno –El extraño ser cogió su cuaderno y se lo mostró a una asombrada Cecilia–. Diecinueve mil novecientas noventa y nueve veces te oí llamar y a la veinte mil pude hacer acto de presencia. Así está escrito.
– Espera, espera… –Cecilia pasó de estar asustada a intrigada en el transcurso de segundos– ¿Quieres decir que eres como una especie de genio? Oh, vaya, debo estar sufriendo una alucinación. Sí, eso debe ser. Me habrá sentado mal la comida y ahora estoy flipando con el genio de la lámpara y sus tres deseos.
Mientras Cecilia pensaba en voz alta, daba vueltas en su habitación de manera nerviosa y casi sin prestar atención a la figura resplandeciente con su cuaderno en las manos.
– No soy un genio. Soy un Ángel. Tu Ángel.
Una pequeña carcajada salió de la pequeña boca de Cecilia.
– Tú no eres mi Ángel. Él es mi Ángel –dijo señalando el cuaderno–. Además, devuélveme mi cuaderno.
– Tómalo. Pero si fueras inteligente, escucharías lo que voy a decirte, en lugar de fantasear ridículas teorías sobre lámparas maravillosas y seres azules con babuchas. Las estrellas han querido hacer coincidir el nombre de tu amado con el mío. Y lo cierto es que has conjurado correctamente mi invocación, así que tienes derecho al don que te voy a regalar.
– ¿Me vas a regalar un don?
Los ojos de Cecilia se abrieron completamente, a pesar de tener frente a ella una especie de bombilla de diez mil voltios. O lo que es lo mismo, estaba deseando aceptar su naturaleza angelical.
– Presta mucha atención, Cecilia. Desde este instante, te concedo el don de enamorarse ciegamente a quien tomes con tus manos. Utiliza con cordura este regalo, pues sólo podrás utilizarlo tres veces.
– ¿Quieres decir que puedo hacer a que alguien se enamore de mí?
– No tiene por qué ser de ti. También pueden ser dos personas distintas a las que tomes de la mano.
– Guauu… –exclamó Cecilia mientras se miraba las manos.
– Pero recuerda que sólo puedes usarlo tres veces. Y por supuesto, debes guardarlo en secreto.
– ¿Quién me iba a creer? Si hasta yo misma dudo de que esto sea real.
– Muy bien, ahora debo marchar.
– Un momento, ¿ya te vas? –dijo Cecilia muy nerviosa–. No puedes irte todavía. Dime cómo puedo usar mi don exactamente.
– Eso forma parte también de tu aprendizaje. Suerte con tu don. Estaremos observándote, Cecilia.
Y tal y como apareció, el Ángel desapareció.

3. PRIMER DON

La habitación volvió a tener luz natural de tres de la tarde. Pero ni rastro del Ángel. Cecilia se encontraba de pie sin saber qué hacer. Siguió observando sus manos con intriga. ¿Había sido un sueño? ¿Una pesadilla? ¿Había sucedido realmente? ¿Cómo podía comprobarlo? Se puso a pensar. Tenía poco tiempo, pues en diez minutos debía salir hacia el colegio. Pero quería asegurarse de que no había sido una.
Y entonces fue cuando vio pasar al gato por delante de su puerta.
¡El gato! ¡Claro, podría comprobar su don con el gato y… el canario! Los dos se odiaban, como en los dibujos animados. Si consigue que se enamoren, creerá al Ángel y entonces podrá enamorar al otro Ángel.
– Otto –llamó al felino–. Otto, ven aquí… Ya te tengo.
Con el gato en sus brazos se acercó hasta el salón. Cruzó por delante del despacho de su padre y comprobó que seguía en la misma posición: empotrado en la pantalla de su ordenador. Ni le saludó esta vez.
Llegó hasta la jaula que se encontraba en una esquina del salón, junto a una gran planta, y observó a la pequeña ave de color amarillo. No había caído en que tendría que sacarlo de la jaula. Y cogerlo le daba algo de miedo, por los picotazos. Pero no había otra solución. Así que dejó un momento al gato, que se quedó en el suelo inmóvil como una figura de porcelana, mirando fijamente al canario. Y de vez en cuando, se relamía: ¡Cecilia estaba sacando al apetitoso canario de su jaula protectora! Comenzó a mover la cola sin dejar de apartar su vista en su futura merienda.
No fueron picotazos, pero sí arañazos. Las pequeñas garras del pájaro se clavaron en la mano de Cecilia, que aguantó heroicamente hasta que consiguió arrinconarlo en la zona del bebedero en medio de silbidos de pánico y por fin logró atraparlo.
– Ya eres mío –dijo Cecilia triunfante, mientras sacaba la mano de la jaula.
Miró al gato, que no dejaba de observar la cabeza amarilla picuda que sobresalía de sus dedos y con su mano libre, le agarró del cuello.
– ¿Bastará así? –pensó Cecilia–. ¿Tengo que decir algunas palabras mágicas o qué?
Miraba a las mascotas pero no notaba ningún cambio. Entonces, casi sin querer, aflojó la presión de ambas manos y ¡zas! Ocurrió lo peor.
De un salto, el gato se zampó al canario.
– Ahhhh –gritó Cecilia mientras veía huir al gato con su presa en el interior de la boca, de la que sobresalían las plumas de la cola, que seguían moviéndose.– ¡Ven aquí!
Todo el mundo sabe que los gatos son muy rápidos, en especial cuando se trata de devorar sus presas. En un par de segundos, el gato desapareció en el despacho de su padre.
– ¡Oh, no, no, no…! ¡Mi madre me va a matar!
El canario era la mascota de su madre y el gato de su padre.
Como en otras muchas cosas, no podían estar más en desacuerdo en la elección de animales. Podía haber sido un perro y una tortuga, o un pez y un periquito.
Pero no. Habían elegido un gato hambriento y un pájaro provocador.
Se dirigió hacia el despacho casi de puntillas, como si quisiera evitar despertar la furia de su padre cuando averiguase que era ella quien había soltado al pájaro.
– ¡Cecilia! Ven a ver esto –gritó su padre.
– Tierra trágame –dijo Cecilia en voz baja.
Asomó lentamente su cabeza por la puerta esperando ver sangre y plumas por todo el despacho. Pero no fue nada de eso lo que vio.
El canario ya no se encontraba en las fauces del felino, sino que estaba a su lado y el gato lo lamía una y otra vez.
¡Estaba vivo! Y revoloteaba alrededor de su devorador. Y juraría que eran mimos los gestos que se prodigaban. ¡Estaban enamorados! El amor había salvado al canario de una muerte horrible. Propiciada por ella, por otra parte.
– ¿No te parece increíble? Creía que los pájaros odiaban a los gatos –dijo su padre.
– Bueno, ya no habrá que preocuparse si nos dejamos la jaula abierta –respondió Cecilia–. Tengo que ir clase. Nos vemos luego.

4. SEGUNDO DON

Mientras preparaba la mochila con los libros, no dejaba de pensar en lo sucedido y en cómo debía planificar su siguiente paso. Cuando introdujo el cuaderno relleno con el nombre de su amado, no pudo evitar pensar en la escena del gato zampándose al canario y temió que sucediera algo similar con Ángel. No le apetecía mucho que la devoraran y luego la vomitaran, aunque fuese el chico más guapo de la clase, del colegio, de la ciudad y del mundo. Estaba claro que con animales estuvo a punto de ser un fracaso. ¿Qué sucedería con humanos? ¿Cómo podía comprobar los resultados antes de imponer sus manos mágicas?
¡Las manos!
No podía ir a clase con las manos al descubierto o malgastaría sus dones si accidentalmente tocaba a otras personas. Rebuscó en su armario y aunque no era invierno, encontró un par de guantes de lana de color naranja. No combinaban con el uniforme del colegio, pero en esta ocasión no le importó en absoluto.
Seguía pensando en todo ello cuando llegó al colegio. Notó algunas miradas y risitas por sus guantes, pero no le molestaron. Estaba demasiado ocupada en buscar una solución para su problema. Y entonces se cruzó con su hermana Lourdes, rodeada de sus amigas, hablando de chicos, ¡cómo no!
La relación con su hermana había sido estupenda hasta que este año cumplió los trece. Hasta entonces, eran inseparables. Compartieron muchísimas horas de juegos, diversión y cariño. Pero un día, Lourdes creyó ser mucho más mayor que los tres años que las separaban y decidió unilateralmente no jugar más con niñas pequeñas, sólo con compañeras de su misma edad. Así que cuando la vio acercarse en el patio minutos antes de que sonara el timbre que anuncia la entrada a las clases, la ignoró como si no la conociera.
– Lourdes, ¿podemos hablar un momento, por favor?
– Piérdete. ¿No ves que estoy ocupada?
– Tu hermana es muy rarita –dijo una de las tres compañeras de Lourdes–. Lleva guantes en pleno verano.
– Todas tenemos una oveja negra en la familia –se defendió Lourdes.
– Sólo quería preguntarte una cosa. ¿Cuál es el chico que más te gusta del colegio?
Las tres amigas comenzaron a reírse y Lourdes a ponerse colorada.
– He dicho que te largues.
Cecilia se dio cuenta de que no podía contar con la ayuda de su hermana. Como siempre. Y eso que esta vez quería hacerle un favor utilizando su don para enamorar al chico que le gustara. Pero como no quiso escuchar, entonces sería el primero que encontrara en su camino y a ser posible, de distinta edad, así podría comprobar los resultados en una situación similar a la suya con Ángel. Pero, ¿a quién podía elegir?
Observando entre los numerosos colegiales que iban entrando al recinto del colegio, se fijó en su compañera Nerea y recordó que eran familia numerosa.
– Hola Nerea. ¿Has venido con tus hermanos?
– Sí, por ahí vienen todos. ¿Por qué llevas guantes?
– Ya te lo contaré. Ahora necesito que me hagas un favor –dijo Cecilia–. O mejor dicho, tu hermano mayor. ¿Puedes llamarle?
Nerea tenía cuatro hermanos mayores que ella. Llamaban la atención pues todos eran muy parecidos físicamente, incluso en estatura, a pesar de que se llevaban un año de diferencia entre ellos. En numerosas ocasiones los confundían por cuatrillizos.
– ¡Samuel! –gritó Nerea
– ¿Qué quieres? –respondió Samuel
– Mi amiga Cecilia quiere pedirte un favor.
– ¿Por qué llevas guantes? –preguntó Samuel.
– Te lo explicaré ahora mismo. Es una historia muy interesante pero necesito que me acompañes. Ven.
Samuel se adelantó del grupo de hermanos y siguió intrigado a Cecilia, que se dirigía al grupo de amigas de su hermana. Por el trayecto, se fue quitando los guantes, los guardó en el bolsillo de su falda y le tendió la mano derecha, que instintivamente, Samuel aceptó. Cuando llegó por detrás de su hermana, ésta no le vio venir así que no pudo evitar que Cecilia le tomara la mano derecha con la mano que tenía libre. En ese momento, los tres formaron una mini-cadena humana. Lourdes se giró para gritarle algo pero de su boca no salió insulto alguno. Simplemente sus labios quedaron entreabiertos y sus ojos se posaron en los de Samuel, que también con la boca abierta, estaba mirándola fijamente. Como dos enamorados.
El timbre del patio hacía ya rato que había sonado y Cecilia, desde la ventana de su clase, podía observar a Lourdes y Samuel todavía en las escaleras de la entrada, conversando acaramelados y cogidos de la mano, como si el tiempo no existiera.
Cecilia sonrió. Su plan había funcionado. Se había dejado puesto el guante izquierdo para evitar accidentes y se volvió hacia el siguiente objetivo. ¡Pero Ángel no se encontraba en su mesa! Miró por todo el aula y ni rastro. Esa tarde no había acudido. ¡Precisamente esa tarde!
A Cecilia se le hicieron eternas las dos últimas horas de clase de la semana.
Enfadada, contrariada, angustiada, desesperada, nerviosa, se puso su guante derecho al sonar el timbre y se dispuso a salir en su búsqueda.
– ¿Sabéis algo de Ángel? ¿Por qué no habrá venido? –preguntó a los compañeros mientras recogían sus mochilas.
– Estará en el parque. Algunos viernes se reúnen un grupo de peña con sus monopatines en la fuente seca. Se les oye de lejos, con su música rapera a todo volumen. ¿Por qué llevas guantes?
– Os lo cuento otro día. Tengo que irme.
Salió al patio velozmente, cruzó por delante de una pareja que se estaba besando, que al observarlos más detenidamente resultaron ser Lourdes y Samuel. Cecilia sonrió y al darse la vuelta para salir y poner rumbo al parque próximo al colegio, tropezó de bruces con la última persona que esperaba encontrar allí.
— ¡Papá! ¿Qué haces aquí? –exclamó una sorprendida Cecilia.

5. TERCER DON

Cecilia vivía muy cerca del colegio y sus padres pensaron hace ya un año que era lo suficientemente mayor y responsable para hacer el trayecto sola. Aunque ella pensó que simplemente lo hicieron por interés, para evitar que su padre perdiera unos minutos de su apasionante labor con los números de otros. Así se le estaba poniendo el culo de gordo, todo el día sentado en su silla frente al ordenador. El único ejercicio físico que realizaba era el trayecto a la nevera. Pero esa tarde, rompió su rutina y salió al exterior.
– ¿Qué hay de extraño en que un padre recoja a sus hijas?
– Lo extraño es que todavía recuerdes el camino al colegio. Hace mucho que no venías a recogerme.
– Lo sé. Pero esta vez quería acompañaros a ti y a tu hermana para poder contaros algo importante. Por cierto, ¿por qué llevas guantes?
– Sólo es un juego. Papá, me están esperando mis amigas en el parque –mintió Cecilia, mientras miraba su reloj–. ¿Podemos esperar a esta noche para hablar?
– Es que es muy importante. Ya irás al parque otro día. Mira, por ahí viene tu hermana. No sabía que tuviese novio.
– Oh, sí. Hacen una pareja perfecta.
Cecilia aprovechó el momento de sorpresa de su padre al ver a Lourdes de la mano de Samuel para huir del lugar.
– ¡Volveré enseguida, papá! Ves contándole lo que sea a Lourdes –gritó Cecilia a lo lejos.
– Pero… –balbuceó su padre al verla desaparecer.
– ¡Papá! ¿Qué haces aquí? –preguntó una sorprendida Lourdes, a la que hacía muchos años más que no iba a buscar al colegio
– Tenemos que hablar –respondió su padre con el semblante muy serio.
Cecilia llegó al parque enseguida y se dirigió hacia la fuente seca que se había convertido en punto de encuentro de jóvenes breakers y skaters. Y allí estaba él, con sus pantalones anchos, su gorra hacia atrás y su monopatín con un diseño grafitero, realizando piruetas como en las películas.
Durante el camino intentó pensar un plan pero sus nervios se lo impedían. Cuanto más se acercaba al parque, más le sudaban las manos. Claro que los guantes ayudaban bastante. Pero también sentía como si cientos de mariposas revolotearan en el interior de su estómago.
Se quedó sentada en uno de los bancos próximos a la pista, observándolo. A los pocos minutos, Ángel se percató de su presencia y patinó hacia ella.
Cecilia sintió de nuevo las mariposas. Instintivamente, se llevó las manos a su cabello para intentar alisarlo y deseó tener un espejo en ese momento.
— Eres de mi clase, ¿no? –le preguntó Ángel.
Las mariposas se convirtieron en unos retorcijones tremendos. El chico más guapo de la clase, del colegio, de la ciudad y del mundo le estaba hablando. Era la primera vez que le dirigía unas palabras.
– Sí. Me llamo Cecilia.
– Nunca te había visto por aquí. ¿Por qué llevas guantes?
Había llegado el momento que tanto deseaba.
– Es por… Bueno, da igual –y se los quitó–. Me encanta cómo patinas, ¿podrías enseñarme?
– No sé… Puedes caerte.
– Pues me sujetas –y le tendió las manos.
El corazón de Cecilia comenzó a latir tan rápido y fuerte que pensó que todos lo oirían.
Ángel le acercó con el pie el monopatín y le tomó las manos para ayudarle a subir a él.
En ese instante mágico, en el que sus dedos se entrelazaban, los ojos de ambos brillaron con un pequeño resplandor.
Las mariposas desaparecieron.
El tiempo se detuvo.
Y Ángel se enamoró perdidamente de Cecilia.
Fue una tarde maravillosa. Por primera vez, alguien escuchaba a Cecilia con verdadero interés. El interés que presta alguien que te ama, que se preocupa por tus inquietudes, tus ilusiones, tus sentimientos. Pasearon cogidos del brazo por aquel parque que se había convertido en el paraíso.
El tiempo pasó tan rápido que las farolas comenzaron a iluminarse. Cecilia debía volver a casa. Ángel le acompañó, por supuesto.
Llegaron al portal y volvieron a aparecer las mariposas de Cecilia.
– Lo he pasado muy bien –confesó Ángel.
– Yo también.
– ¿Nos vemos mañana? Podemos ir al cine y luego a jugar a los bolos.
– Me parece un plan genial.
Más mariposas.
Ángel guardó silencio unos segundos y comenzó a cerrar sus bonitos ojos a la vez que acercaba sus labios a los de Cecilia.
Cecilia cerró también sus ojos y sintió el calor suave de los labios de Ángel.
Y las mariposas desaparecieron con su primer beso de amor.
Y deseó que ese momento no acabara nunca.
Pero no tenía práctica en besar y respirar a la vez, así que se retiró para tomar aire y observar la reacción de Ángel, adivinar si a él también la había gustado tanto como a ella. Por la sonrisa de su cara supo que sí.
– Quedamos mañana a las cinco en el centro comercial.
– Allí estaré –respondió Cecilia.
Siguió con la vista a Ángel mientras se alejaba. De vez en cuando se giraba y la saludaba. Hasta que desapareció calle abajo.
Cecilia emitió un leve suspiro. No podía creer lo sucedido. Se pellizcó para comprobar que no estaba soñando.
¡Ay! No estaba soñando.

6. REUNIÓN FAMILIAR

– Ya estoy en casa –exclamó eufórica Cecilia.
– ¿Sabes qué hora es? –preguntó su madre, que la estaba esperando en la entrada.
– He estado en el parque con unas amigas –volvió a mentir.
– Te estábamos esperando. Ven al salón.
Su hermana le contó en cierta ocasión que la última gran reunión familiar fue cuando le comunicaron que iba a tener una hermana. Así que al sentarse junto a ella, frente a frente con sus padres, imaginó que se trataba de que iban a tener un hermanito. ¡No podía terminar el día mejor! Un bebé en la familia. Ya no sería la pequeña de la casa. Su rostro reflejaba tal felicidad que fue la primera en hablar.
– ¿Qué sucede? ¿Vamos ser uno más en la familia?
– Cállate, pequeñaja –susurró Lourdes.
– ¿Qué?
– Cecilia… hija… tu madre y yo tenemos algo importante que decirte. Lourdes ya lo sabe.
– ¿Pero qué es lo que pasa? –dijo Cecilia, a la que el rostro le había cambiado por completo.
– Mamá y yo hemos decidido tomarnos un tiempo para reflexionar sobre nuestras cosas…
– ¿Qué? –gritó Cecilia con los ojos abiertos como platos.
– Y creemos que lo mejor es que nos separemos –concluyó su madre.
– ¿Cómo que es lo mejor?¡No lo es! Para mí no. Y para Lourdes seguro que tampoco. ¡Somos una familia! –protestó Cecilia, mirando a su hermana, esperando que la apoyara, pero apenas podía contener las lágrimas–. Cierto que no hablamos mucho, ni jugamos, ni compartimos cosas… ¡pero en el fondo nos queremos y eso es lo que importa!
– No es culpa vuestra. Somos nosotros los que hemos fallado. Nuestros trabajos nos han alejado poco a poco y la rutina de cada día nos encierra más y más en nosotros mismos, tanto que ya no sabemos lo que queremos. Tal vez dentro de un tiempo se arreglen las cosas y podamos volver a estar todos juntos –dijo su padre-. Recogeré mis cosas.
– No, no, no… –suplicó Cecilia, que se levantó para abrazar a su padre–. Tenéis que arregarlo juntos, en nuestra casa, con nosotras. No te vayas, por favor…
– Cecilia, cariño –su padre también comenzaba a llorar.
En realidad, todos lloraban.
Lourdes abrazó a su madre.
– ¿No hay ninguna posibilidad de que lo reconsideréis? –le preguntó.
– Es una decisión muy difícil –respondió su madre-. Hace tiempo que estamos mal pero nunca os dijimos nada. Y ya no podemos alargarlo más.
Cecilia seguía llorando sin parar y apretaba más y más fuerte la oronda cintura de su padre, que tuvo que calmarla o le iba a dejar sin respiración.
– Cariño, ya verás como todo va a ir bien.
– No, no irá bien… ¿Y sabes por qué?
Su padre, su madre y su hermana se quedaron mirándola fijamente muy intrigados.
– ¡Porque ya he utilizado mi tercer don! –gritó desconsolada y huyó a su habitación.

 

7. ¿DÓNDE ESTÁ MI ÁNGEL?

Cecilia no dejaba de llorar mientras rebuscaba por los cajones del mueble de su habitación. En pocos minutos la puso patas arriba. Estaba buscando algo desesperadamente y no lo encontraba.
Salió de su cuarto y entró en el de su hermana. Ella y su madre seguían en el salón y su padre estaba sacando maletas a la entrada. Habían dejado de llorar y el silencio era sepulcral.
Tras buscar en su cajones, por fin lo encontró.
Un cuaderno sin estrenar.
Lo llevó a su habitación y comenzó a escribir en él.
– Tienes que volver, Ángel. Tienes que volver para ayudarme otra vez.
Mientras escribía una tras otra la palabra Ángel, no dejaba de repetirse por qué no había hecho caso a su padre cuando fue a buscarla al colegio. Tenía que haber adivinado que un hecho tan excepcional en su padre era porque se trataba de algo grave. Y en cambio, fue corriendo en busca del chico más guapo de la clase, del colegio, de la ciudad y del mundo. ¡Y que ahora estaba totalmente enamorado de ella!
¿Pero a qué precio?
Si hubiera escuchado a su padre podría haber utilizado el último don en salvarlos. Y habría buscado otras fórmulas para llamar la atención de Ángel. Porque chicos guapos habría en todo momento, pensó. Pero padres, sólo tenía dos. Y aunque no le hicieran mucho caso, los quería más que a nada en este mundo. Y cuanto más pensaba en ellos, más lloraba.
No soportaba la idea de que no estuvieran los cuatro juntos. Cada uno en su mundo, eso sí, pero compartiendo un íntimo y a veces profundo sentimiento llamado amor, que muchas veces se camuflaba en falsa indiferencia, o una escueta regañina, o un inofensivo insulto tipo “pequeñaja” o “espagueti”.
Sólo llevaba la mitad del cuaderno escrito y su muñeca comenzaba a quejarse con un dolor intenso. Pero lo ignoró. Debía darse prisa. Tampoco estaba segura de que funcionara lo que estaba haciendo pero debía intentarlo. Y esta vez no se dormiría. No podía permitírselo, pues su padre estaba terminando de bajar maletas al coche.
– Tienes que salir para despedirte –dijo Lourdes a través de la puerta de la habitación de Cecilia.
– Cinco minutos, por favor, sólo cinco minutos.
– ¿Pero qué haces? Sea lo que sea, no creo que sea más importante que darle un beso a papá. No seas infantil y sal ahora mismo.
– Por favor, dile a papá que espere sólo cinco minutos –suplicó Cecilia–. Por favor…
– Está bien… ¡qué importa ya!
Una Lourdes resignada y cabizbaja se alejó por el pasillo en dirección al salón, por lo que no pudo ver cómo por debajo de la puerta del cuarto de su hermana salía una intensa luz blanca.
De nuevo su cuarto era como un gran faro luminoso. Todo a su alrededor emitía una hermosa luz blanca. Y allí estaba él de nuevo.
– ¡Necesito un último deseo! No te imaginas lo importante que es para mí –dijo atropelladamente Cecilia, mientras se secaba las lágrimas con la manga de su camiseta.
– Y tú no te imaginas lo poco habitual que es esta situación. Ya has ejercido tus tres dones, ¿no es así?
– Sí, pero…
– No hay “peros”. No puedes invocarme cada vez que se te antoje. El amor es algo muy serio. No debes jugar con los sentimientos de las personas. O animales, por lo que creo recordar.
– No me dijiste cómo usar los poderes, por eso tuve que realizar algunas pruebas antes de…
– Antes de enamorar al chico que te gusta.
– Sí, pero resulta que no sabía que mis padres estaban a punto de separarse y necesito que me concedas de nuevo el don para salvarlos. Sólo una vez más, por favor, y te prometo que nunca más volveré a escribir tu nombre en un cuaderno.
– Mi querida niña… ¿Sabes cuántas promesas escucho cada día? ¿Y cómo sabes que vas a salvarlos? ¿No será que quieres salvarte a ti?
– ¿No es lo mismo?
– En absoluto. Si deseas recuperar el amor de tus padres, debe ser el amor entre ellos y no su amor hacia ti o tu hermana. ¿Lo entiendes?
– Más o menos.
– ¿Qué deseas entonces?
Cecilia estaba algo confundida e intentaba asimilar las rápidas preguntas del Ángel.
– Supongo que lo que quiero es que ellos recuperen el amor perdido.
– Respuesta correcta. Te concederé un último don…
– ¡Gracias! –dijo Cecilia con una enorme sonrisa.
– No me has dejado terminar. Tu nuevo don conllevará la anulación de los tres anteriores y algo más.
– ¿La anulación? ¿Te refieres que ya no me querrá Ángel?
– Así es. Pero hay algo más: Nadie se enamorará de ti.
– ¿Cómo? –preguntó Cecilia con voz temblorosa.
– Si quieres aceptar el último don debes renunciar al amor. Para siempre. Y no podrás invocarme jamás.
Esta vez Cecilia sí entendió perfectamente las palabras del Ángel.
El amor de sus padres a cambio del suyo.
Y aunque parezca difícil de comprender, le pareció justo el trueque.
El Ángel tenía razón. Debía pensar más en los demás. Y ahora que le ofrecía la oportunidad de enmendar sus errores, no la dejaría pasar.
– Acepto –dijo al fin.
– Así sea.
La habitación se convirtió en una gran caja de luz, desapareciendo los contornos de los objetos. Cecilia cerró los ojos para evitar dañárselos. Y a los pocos segundos, el cuarto volvió a su estado natural. El Ángel había desaparecido. Se miró las manos durante unos segundos esperando ver alguna señal pero no tenía tiempo. Abrió corriendo la puerta en busca de sus padres y tropezó con el gato, que perseguía enfurecido al canario. Era una señal de que todo había vuelto a la normalidad y el preludio de lo que iba a suceder.
Estaban esperándole en la entrada. Ya no había maletas y en la mirada de su padre no vislumbraba ni un atisbo de esperanza.
– Debo irme –dijo con la cabeza mirando al suelo, como avergonzado e incapaz de mirar a los ojos de su hija.
– Un momento. Sólo quiero pediros un favor a ti y a mamá.
– Cecilia, no es tiempo de juegos –dijo su madre.
– No es un juego. Dadme las manos. Sólo será un segundo.
Sus padres se miraron con resignación. Después de todo, no iban a negarse a algo tan sencillo. Ambos les ofrecieron sus manos. Cecilia tomó la derecha de su madre y la izquierda de su padre.
– Ahora cogeros de la mano.
Volvieron a mirarse a los ojos, pero esta vez con una inmensa tristeza.
Y lo hicieron.
Se cogieron de la mano.
Cecilia soltó muy lentamente sus manos.
Y ellos seguían allí.
En los ojos de sus padres apareció un tenue brillo que iba en aumento, sólo perceptible por Cecilia.
– Subiré mis maletas.
– Te ayudaré, cariño.
– ¿Pero qué sucede? –preguntó Lourdes.
– ¡Ahora cállate tú! –respondió Cecilia.
– ¿Qué está pasando, Cecilia?
– Digamos que han recuperado el amor perdido.
– ¿Así, de repente?
– El amor viene y va. Por cierto, no te extrañe si Samuel ya no quiere saber nada de ti.
Esa noche, tras apagarse todas las luces, Cecilia llamó a la puerta de la habitación de Lourdes.
– ¿Puedo pasar? –preguntó en voz baja.
– Claro –respondió su hermana, incorporándose en la cama.
– ¿Dormías?
– Lo intento, pero no puedo. Ha sido un día tan extraño… Hace unas horas papá y mamá nos confesaban que ya no se querían y ahora son unos tortolitos. Hace unas horas el pájaro y el gato parecían hechos el uno para el otro y ahora no pueden verse. Hace unas horas me enamoraba de un chico que apenas conocía y ahora no me coge el teléfono.
– ¿Puedo dormir contigo?
– ¡Claro! También ha sido un día duro para ti. Me tienes que contar qué has estado tramando en tu cuarto. Porque ha sido salir tú y los problemas de los papás se han solucionado. ¿Eres maga o algo así? ¿Les has hecho vudú?
– Aunque te lo contara, no me creerías. Buenas noches, tata.
– Buenas noches, Cecilia.

 

8. VUELTA A EMPEZAR

Ese fin de semana se cumplió uno de los deseos más sencillos de Cecilia. Todos juntos acudieron al parque de atracciones. Y fue inolvidable. Por unas horas, olvidaron sus problemas y disfrutaron como niños los cuatro. Sus padres olvidaron sus absorbentes trabajos, incluso dejaron sus teléfonos móviles en casa. Lourdes olvidó sus diferencias con su hermana pequeña que siempre acababan en una pequeña pelea. Y Cecilia olvidó al chico más guapo de la clase, del colegio, de la ciudad y del mundo, porque sabía que volvería a encontrar de nuevo su indiferencia. Y ni siquiera recordaría el bonito beso que se dieron en el portal. Así que lo mejor era hacerse la idea de la nueva situación, que tampoco era nueva, sino la misma que hasta hace dos días, justo hasta que apareció el otro Ángel en su vida.

El otro Ángel.
Se preguntó si se habría aparecido a otras niñas.
Si habría muchas parejas que se habían formado gracias a los dones del Ángel.
Y cuánto durarían estas parejas.
Y también se preguntaba si algún día le perdonaría su terrible castigo.
Si algún día podría enamorar y enamorarse de alguien de forma natural.
Demasiadas preguntas. Finalmente decidió dejar de preguntarse y disfrutar de sus padres y su hermana. Ellos eran lo más importante. Y ahora estaban más unidos que nunca.
Y a fin de cuentas, debía agradecérselo al Ángel.
Llegó el lunes y no fue como los anteriores lunes. En esta ocasión, la familia de Cecilia desayunó reunida en torno a la mesa, compartiendo zumos, tostadas, bollos, vasos de leche y café. Los padres hicieron cambios en sus horarios laborales y eso les permitió tener tiempo para poder comenzar el día todos juntos. Incluso acompañaron a las hermanas hasta el colegio. Bueno, hasta una manzana antes de llegar, pues Lourdes estaba en la edad de que aparecer con los padres antes las amigas era motivo de vergüenza extrema. Para Cecilia no lo era. Todo lo contrario. Estaba cansada de ver cómo casi todas las compañeras de clase acudían con su padre o madre. Así que en esta ocasión, esperó a que Lourdes se adelantara y a continuación hizo su entrada triunfal de la mano de los dos. Uno a cada lado. Y en esta ocasión sin magia angelical de ningún tipo.
Las primeras horas de clase se le hicieron muy pesadas. El fin de semana había sido agotador y le costaba mantener la atención en matemáticas y conocimiento del medio. Y entonces comprendió por qué era el día de la semana más odiado por todos. Los minutos pasaban tan lentamente que parecía que nunca llegaría el tiempo de recreo.
El timbre sonó y todos en la clase se sintieron aliviados. Salieron rápido al exterior y formaron sus grupos de amigos habituales.
Cecilia, que almorzaba junto a Nerea y dos amigas más, observaba a Ángel jugar al baloncesto. Y en una ocasión, la pelota salió del campo y fue hasta donde se encontraban ellas. Cecilia la recogió decidida y esperó a que se acercara Ángel a por ella.
– ¿Nos devuelves el balón? –preguntó Ángel.
Cecilia guardó silencio unos segundos, esperando algún comentario sobre la tarde del viernes en el parque o sobre la cita frustrada del sábado. O un brillo especial en sus ojos.
Pero nada de nada. Ángel sólo exclamó:
– ¡Que me des el balón! ¿Estás sorda?
Cecilia le lanzó el balón con todas sus fuerzas.
Y echó a correr hacia el interior del colegio.
“¿Existe algo más amargo que el olvido?” pensó mientras las lágrimas surcaban sus mejillas.
“Sí. No haber vivido” oyó en su cabeza.
Reconoció la voz del Ángel.
Se encerró en el baño y siguió llorando y llorando.
Cuando ya no tuvo lágrimas, se dejó llevar por el agotamiento y se quedó dormida.
Cecilia se despertó de su profundo sueño con un hilillo de saliva seca pegado en la comisura de sus labios. Se lo limpió con el dorso de la mano y notó la marca del alambre de espiral de cuaderno.
Miró su reloj. Eran las tres y veinte de la tarde.
Salió al pasillo y gritó:
– Papá, ¿qué día es hoy?
– Viernes. Y llegas tarde –respondió a lo lejos su padre.
Y entonces todo encajó.
¡Un sueño!
¡Todo había sido un sueño!
Y no supo si alegrarse o entristecerse. Lo había sentido tan real… Lo bueno y lo malo, claro.
Entró en el despacho de su padre y le dio un gran abrazo.
– ¿Y esto a que viene? –preguntó sorprendido su padre.
– Te quiero, papá.
– Yo también te quiero, cariño.
– Prométeme que nunca nos dejarás.
– ¿Por qué dices eso?
Se miraron fijamente a los ojos.
– Prométeme que trabajarás un poco menos y estarás más con nosotras. Con nosotras tres.
Durante unos segundos, a su padre se le iluminaron los ojos. Y asintió con la cabeza.
– Te lo prometo –susurró, mientras la besaba cálidamente en la frente.

9. ÁNGEL

De vuelta a su habitación para preparar la mochila, Cecilia se cruzó con el gato. Lo agarró por la panza y se lo llevó en brazos. Mientras le acariciaba le decía:
– Tienes que pensar que el canario es uno más de la familia. Y nadie se come a alguien de su propia familia, ¿verdad?
El gato emitió un ronroneo.
– Así me gusta. Ve a tu cesta a echar la siesta. Yo debo irme.
Cecilia se puso la chaqueta, cogió la mochila y cuando estaba a punto de salir por la puerta, se fijó en el cuaderno, que todavía estaba sobre su cama.
Se acercó a él muy despacio y cuando estuvo sobre él, descubrió que faltaba una sóla palabra para completar la última página.
Para completar todo el cuaderno.
La palabra número veinte mil.
Dejó la mochila en el suelo y se preguntó “Y si…”
Tomó el bolígrafo y escribió en ese espacio:
A
N
G
E
L
Y la habitación se inundó de una hermosa e intensa luz blanca.

FIN

 

 

 

 

Ilustración: David Guirao

Texto: Andrés Chueca